El alpinismo es un
deporte que consiste en escalar altas montañas.
Cuando emprendes
el trayecto hacia la cumbre, encuentras tu propio bienestar, tu propia paz…; ya
que la felicidad es el camino como menciona Buda en sus enseñanzas.
Pero la ascensión
de la montaña también es complicada, supone una serie de riesgos y obstáculos
que se deben superar si quieres llegar a la cima.
Pueden surgir
miedos, ya que nosotros mismos pensamos en situaciones futuras (caídas,
lesiones o la propia muerte) en vez de pensar en el presente, esto puede
bloquearte en tu progresión. Como ya decía Epicuro en antaño sobre la muerte y
la vida, si piensas en la caída te impedirá disfrutar de tu recorrido.
El alpinismo es un
camino de autosuperación, es someter al máximo la resistencia moral y física.
Sabes que una vez comenzado el viaje hay que aguantar el estrés al que se
somete el cuerpo y seguir avanzando, de este modo consigues el éxito que está
reflejado en la llegada a la cúspide de la montaña.
Para esta
superación personal es necesaria en el individuo una disposición y una ambición
que lo empujan a conseguir su objetivo. Nietzsche ya habló de esta “voluntad de
poder”, en el que todo hombre con esta voluntad podía mejorarse a sí mismo.
De primera mano
pude comprobar llegando al final del camino, la mala jugada que te puede hacer
pasar un bloque de hielo. Haber sobrevivido a esta experiencia, te hace pensar
en lo insignificante que eres frente a la montaña representante de la máxima
crueldad que puede llegar a presentar la naturaleza.
Sin embargo, para
mi, escalar es fundamental en mi vida. Es una forma de descargar todo el peso
que llevo encima y de demostrarme a mi mismo que puedo llegar lejos. Es mi
deseo, mi adrenalina, mi descanso de esta sociedad monótona, mi lugar de
reflexión…
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